jueves, 2 de octubre de 2008

Pequeño ardid

Acuérdate de tu guardián
René Daumal



Guárdame de mí,
gran silencio leve que habitas
más allá de la sombra,
entre los tumultos del enebro
y las mentiras sabias.

Guárdame de mi viento en contra
pues la brisa ha dejado de ser
mensajera tuya de pureza.

Qué traerás, qué ofrecerás,
más acá de las sombras,
en un tiempo de desapariciones,
cuando vuelven las cabezas separadas
a preguntarse descreídas
si no dejaron
algún secreto bajo la lengua.


Te escucho, oh Guardián,
pero no alcanzo tu clara diadema de sortilegios acechantes,
pues no perteneces a este lado de la sombra,
donde acaso te tome por un borracho en mitad de la calle.

martes, 22 de abril de 2008

Acontecer

Viene de ronda,
implacable,
incólume,
viene de vuelta
el destino.
El inhalado, desde lejos
contraído, como la sed
albergado en la misma carne,
alimentado en secreto.

Es éste su laboratorio,
ésta es su mira
y sólo él ve. Obnubilados,
la masa y los sabios se tienden silentes
en el plato de observación.

Hay quien dice conocer.
Dice el azar:
es mío el movimiento.
No, dice la necesidad,
es mía la voluntad.
No, grita el deseo,
sólo yo sé vencer. Dice
la algarabía cansada
de cesar cuando pasa,
cuando vuelve de ronda, ineluctable,
el destino que vigila y cumple
la órbita y la variante.

sábado, 9 de febrero de 2008

Bajo tierra

Miles de preguntas arden
bajo tierra,
preparan la erupción.

Ya bullen, ya
se sacuden;
de combate provocadas,
pronto hallan los cráteres,
están por venir afuera,
no valen trabas.

Manos son y en las montañas
se alzan, manos de magma
toman las estancias.
No queda en pie trono
ni posesión ni usura algunos.

Suenan las preguntas,
chasquidos en los tímpanos de los estados.
Se recuerdan los nombres hostigados,
los desmembrados insepultos,
ocultos bajo lodo impune.
Se avivan los nombres en las voces;
pueden derruirse los muros de las prisiones,
pueden tomarse los tronos,
se diluyen las fronteras,
si se invocan esos nombres.
Ni cañón ni injuria, nada,
nunca habrá de replicar
esos nombres calcinantes.

La fuga

Pierde la casa,
salte del cauce,
llena los bolsillos de huidas,
mira pasar por ventanillas
tu cuenta pendiente de paisajes intocados.

Encuentra, de madrugada,
el grito interior de lo distante;
o de tarde,
la bola de lodo en el costado:
acumulación malsana de familias ovilladas
que te dieron en uso sus nombres,
ahora gastados, errantes.

Márchate hasta el hastío, sangre mía.
No quieras pisar el pueblo fértil que te llama a su memoria
sólo hasta perderte más,
perderte mejor donde prefieras:
en el océano de gracias deslumbrantes y profundas,
en el desierto aletargado y equidistante de casa,
en la montaña fecunda donde se multiplican los caminos.

Pisa aquí y allí hasta agonizar.
Vuelve a partir cuando te tomen por loca
e intenten enviarte en barco a otro puerto
o te traten como mercancía que se pierde en los bazares
de quien nadie sabe de dónde su brillo o su avería.

Entre tanto, estará tu pueblo fértil
creciendo abundante y al barbecho,
esperando ver florecer
tu vara
y tu hacer.

Fuente

Un agua viene,
rompe el dique de la razón,
desarraiga las costumbres,
deshace las máscaras.

Un agua pasa,
despierta el aullido muerto
Mírenla venir, levanta
las losas, colma
las reservas,
vence los dogmas.

Es el agua guardada que vivía adentro,
buscando acontecer.

¡Ay, ya salta esa agua,
ya se hace vecina,
se acerca a nosotros su señal,
agita la mansa obstrucción,
oímos su estruendo,
las habitaciones son honestas!

¡Agua, agua!
Todo atraviesa una hoguera.
Destellan las bellas ráfagas,
es la hora de la aurora,
mírenla ahora,
ya resplandece.